20 ene. 2011

Por Paulino Espinoza
 
El cementerio londinense de Highgate tiene entre sus huéspedes distinguidos al pensador alemán Carlos Marx. Su tumba presenta como única decoración, una cabeza enorme del economista y filósofo, la cual descansa sobre una base rectangular de concreto que lleva su nombre y una inscripción en la que se lee: “Los filósofos, hasta el momento, no han hecho más que interpretar de diversos modos el mundo, ahora de lo que se trata es de transformarlo”.




A lo largo de la historia de la humanidad, los hombres y mujeres que han impulsado los grandes cambios en el mundo han debido dejar a un lado la comodidad y la seguridad que les ha supuesto subsumirse al status quo y, desde una posición radical, asumir los retos y consecuencias de atreverse a transformar la realidad, tal como reclama la tesis XI sobre Feuerbach antes señalada.
Para ello tuvieron, necesariamente, que tomar una decisión trascendental y transformar primero sus propias vidas; debieron, entonces, “quemar sus naves”.
Según Mauricio Alarcón, cuando Hernán Cortés arribó a tierras mejicanas, realizó un verdadero acto revolucionario al inutilizar sus naves, las cuales representaban su único nexo con Europa. Y es que cuando se tiene clara la misión, no puede haber cabida para la vacilación; teniendo claro el horizonte, no puede ni debe haber marcha atrás.
Este artículo expone algunas consideraciones sobre la vida de tres figuras, a fin de reflexionar si han sido personas que “quemaron sus naves” para lanzarse a la búsqueda de una mejor sociedad y que por ello comparten un mismo espíritu de lucha: Mauricio Funes, Guillermo de Ockham y Farabundo Martí. Ellos, de una u otra manera, fueron impactados en su conciencia por las injusticias y desigualdades de su entorno y, de distintos modos, se rebelaron contra ese estado de cosas (la iglesia, la academia, el sistema político) e impulsaron el cambio.
Su cuestionamiento social y político les hizo reinventarse como personas, lanzar su vista a otras latitudes y ganar nuevas perspectivas de vida. Veamos:
Guillermo de Ockham bien pudo gozar de una vida apacible, dedicándose exclusivamente a cultivar su intelecto en el ambiente académico de  Oxford, en su natal Inglaterra de fines de la Edad Media. Sin embargo su convicción de fraile franciscano –que  asumía los principios de vida en extrema pobreza buscando la imitación perfecta de Cristo– le imponía una actitud diferente ante la realidad existente al interior de la Iglesia Católica.
Ockham, que sentía una pasión profunda por el estudio, la enseñanza y el conocimiento verdadero, al verse enfrentado ante la injusta acusación de herejía, transformó su vida de raíz. En lugar de agachar la cabeza y someterse a sus acusadores desafió al poder más grande de su época: el poder absoluto del Papa.
A sus 44 años, es citado a Francia –en esa época el papado no residía en Roma sino en Avigñon– para responder a las acusaciones que le había hecho Juan Letterell, el ex canciller de su universidad. El Papa Juan XXII convocó a una comisión para estudiar sus proposiciones y juzgarle. Grande fue su sorpresa cuando al enfrentarse a sus acusadores se da cuenta de que el ex canciller forma parte del tribunal que habría de juzgarlo y condenarlo.
Antes de que la condena surtiera efecto, huyó junto al general de la Orden Franciscana Miguel de Cesena, quien también estaba siendo procesado por sus opiniones sobre la pobreza evangélica.
Ockham se rebeló y enfrentó a la Iglesia Católica organizada como un Imperio y llama al Papa “sceleratissimus”: el más criminal. Desde su trinchera de intelectual desarrolló una intensa actividad de denuncia contra un papado que vivía muy alejado de las enseñanzas del “maestro”, rodeados de privilegios, en la opulencia absoluta, entre millares de sirvientes.
Ubicado en Munich, bajo el auspicio de Luis de Baviera, desencadena su lucha contra los Papas Juan XXII, Benedicto XII y Clemente VI y desarrolla sus ideas políticas, ideas verdaderamente valientes y revolucionarias para su momento, proclamando que: ninguna persona puede ser juez y parte en un mismo proceso judicial; que el poder político debe estar separado del ámbito religioso y debe residir en el pueblo; que el poder otorgado al Papa como sucesor de Cristo no es absoluto y que ese poder se ha dado en virtud del servicio que este debe brindar a la comunidad; y que en tiempo de extrema necesidad está permitido usar las cosas de otro en contra de su voluntad.
Esta visión del papel de la Iglesia, el Estado y de la sociedad se adelanta en varios siglos a pensadores como Hobbes, Rousseau, Maquiavelo y Kant y constituye una bisagra entre el Estado confesional -dependiente del poder eclesial- y el Estado laico.

Faramundo Agustín Martí, nació en 1893 –hacia el final del gobierno golpista y  tiránico del General Carlos Ezeta, en Teotepeque, una pequeña villa que obtiene su titulo gracias a que en solamente treinta años había triplicado su población y pasando de ser considerada una zona carente de buenas tierras para el cultivo a un lugar donde se desarrollan cultivos intensivos, especialmente de productos agrícolas de primera necesidad.
Agustín creció en un país caracterizado por abismales desigualdades sociales y con una estructura de poder fundamentada en represivos gobiernos militares al servicio de una oligarquía terrateniente que el imaginario popular conoce como “las 14 familias”. A decir de T. Anderson, una típica “república banana” con la pequeña diferencia de que en El Salvador no se cultivaban bananas sino café.
Sin lugar a dudas, esa nueva relación del hombre con la tierra en la pequeña villa de Teotepeque, permitió el surgimiento de un reducido grupo de hacendados con suficiente capacidad económica y visión como para buscar una mejor educación y desarrollo para sus hijos. Este es el caso de Pedro Martí, padre de Agustín y de sus 15 hermanos y hermanas.
Don Pedro consideraba que la mejor herencia que podía dejar a sus numerosos hijos era una buena educación ya que sus tierras, una vez divididas en tantas parcelas no serían en realidad una herencia respetable para ninguna persona. Una buena profesión en cambio, les garantizaba un puesto privilegiado en la competitiva sociedad del primer cuarto del siglo XX.
Se dice que, en realidad, el verdadero apellido de Don Pedro habría sido Mártir, el cual había transformado a Martí como producto de su admiración al prócer cubano. Este hecho resulta totalmente creíble dada la práctica existente en esa época de modificar los nombres a voluntad, e ilustra la convicción humanista que debió haber inculcado a sus hijos. De hecho, el nacimiento de Agustín ocurre justo en los años cuando José Martí preparaba aceleradamente sus fuerzas para terminar con el colonialismo español en Cuba.
La lucha de José Martí había generado respeto y admiración en todo el continente. Sus ideas de una Latinoamérica unida, su visión antiimperialista y su fuerte impacto cultural no pasaban inadvertidos para los salvadoreños que a finales del siglo XIX, ya vislumbraban el giro que se produciría unos pocos años más tarde y que se definiría por completo con el asesinato del Dr. Manuel Enrique Araujo en 1913 y la instauración de la dinastía Quiñones Meléndez:  triunfo del sector norteamericanizante de la oligarquía salvadoreña en detrimento de los grupos oligárquicos ligados a intereses británicos, tal como lo sostiene Menjivar Larín.
El joven Agustín, que prefería que lo llamaran por su segundo nombre y no “Faramundo” –su verdadero nombre de pila– tenía todo para haber llegado a ser un prominente abogado al servicio de la clase privilegiada, sin embargo se convierte en Farabundo –también cambió su nombre–, un militante internacionalista que no se parecía en nada al resto de sus compañeros de estudio ni a los cuadros políticos que se consideraban de izquierda en su época. Farabundo, una vez independizado de su familia, no tuvo una residencia, ni trabajo, ni estudios estables.
Después de bachillerarse de un colegio salesiano a los 16 años –muy posiblemente del Colegio Santa Cecilia, que fuera fundado en 1899– ingresó a las aulas de la Universidad de El Salvador para nunca terminar su carrera. Se sabe que fue un estudiante brillante, sin embargo los debates en los que se veía envuelto en sus exámenes orales y los choques de opinión en los que se enfrentaba frecuentemente con sus maestros, le dificultaron avanzar con éxito en su carrera.
De hecho, después de un frustrante encontronazo con sus maestros, tras comprobar que lo que se decía en los textos de leyes estaba muy lejos de la realidad de injusticia que se vivía en el país, prendió fuego a sus libros como un acto de repudio a un sistema que sentía que no lo representa, rompiendo así con su origen de clase. Llegado a este punto, para Farabundo Martí ya no había retorno posible: Farabundo había quemado sus naves.
A partir de ese momento, Farabundo Martí desarrolla una visión de la lucha muy diferente a la del resto de revolucionarios centroamericanos de los años veinte, particularmente a la de Sandino en Nicaragua y a la de Froilán Turcios en Honduras. Baste decir, como lo hace la canción, que “su mirada llegaba más allá de las montañas”.
En 1920 fue expulsado de su país por haberse negado a abandonar la cárcel en solidaridad con Luis Barrientos, a quien el régimen de Jorge Meléndez quería mantener recluido por haberse mostrado irrespetuoso con el gobernante. Después de haber viajado por Guatemala, México, Estados Unidos y Nicaragua y de haber participado organizando sindicatos, gremios estudiantiles, comunidades indígenas y de haber combatido contra la invasión yanqui en “Las Segovias”, regresó definitivamente a El Salvador, diez años más tarde.
Desde su regreso hasta su fusilamiento el 1° de febrero de 1932, vive intensamente organizando y protagonizando importantes episodios en la vida nacional, uno de los momentos culminantes fue su huelga de hambre de 31 días y que terminaría a finales de mayo de 1931, Farabundo sería recibido como un héroe popular tras la huelga. Sus múltiples apariciones y desapariciones fomentaron un halo de misterio sobre sus actividades. Tal fue el caso de su desaparición a partir su salida del Hospital Rosales tras su huelga de hambre y su reaparición el 9 de junio en una protesta en la finca Las Tres Ceibas en Armenia, por cierto, uno de los lugares donde vivió Claudia Lars.
La situación en el occidente del país era explosiva. Los pobladores enardecidos –campesinos, jornaleros agrícolas e indígenas de la zona – victimizados por décadas de injusticia y represión, y frustrados por el fracaso del gobierno de nueve meses del Ingeniero Arturo Araujo, llevarían a cabo un levantamiento insurreccional contra el tirano Maximiliano Hernández Martínez a toda costa.
Farabundo supo interpretar los acontecimientos previos al alzamiento campesino de 1932 y en consecuencia hizo lo que le correspondía a un dirigente revolucionario. En este punto es importante destacar que, como animal político –al decir de Aristóteles–, Farabundo sabía que su patria no era el territorio donde había nacido, su patria eran los hombres y mujeres, trabajadores y trabajadoras, víctimas de la injusticia y la explotación. Es por eso que en lugar de abandonar a sus compañeros a la suerte, trató de ponerse a la cabeza del movimiento, de coordinar las acciones para que se desarrollen de manera sincronizada y conseguir los pertrechos necesarios para el levantamiento. Ningún otro dirigente de la época contaba con el conocimiento estratégico y logístico, las conexiones internacionales y el arrojo personal para asumir tal misión.
Sin embargo no logró su objetivo. La debilidad organizativa del joven Partido Comunista y la falta de experiencia conspirativa de sus compañeros, junto al corto tiempo de que disponían, hizo fracasar el alzamiento. Como se sabe, Farabundo fue capturado y fusilado. Hasta el último minuto de su existencia, asumió su responsabilidad tratando de liberar a los estudiantes Luna y Zapata, acusados junto a él. Igualmente se mostró solidario con la causa de Sandino dedicando sus últimos pensamientos al General de los hombres libres. Farabundo se convirtió así, en la luz y la estrella de la lucha por la liberación en El Salvador.

Mauricio Funes, como candidato presidencial del FMLN, logró despertar un entusiasmo popular auténtico y espontáneo, sin precedentes en la historia reciente de El Salvador y que solamente tiene como antecedente el apoyo popular obtenido por Arturo Araujo durante su campaña presidencial a finales de 1930.
Su discurso y su mensaje de cambio, de trabajo por los sectores históricamente excluidos, sus aspiraciones por un mejor presente y futuro para nuestro país y su horizonte establecido a partir de la figura de Monseñor Romero, hicieron la diferencia no solamente con los discursos tradicionales de la derecha, sino también con las campañas electorales de nuestras izquierdas.
Ese entusiasmo popular quedó evidenciado de manera contundente con la reacción generada durante un partido de futbol en el Estadio Cuscatlán de San Salvador. Cuando los aficionados se percatan de la presencia del candidato ingresando a uno de los palcos (http://www.youtube.com/watch?v=qALKxTkY24o), se inicia un rumor que fue creciendo como una llamarada. El público inicia con un contacto personal, felicitándolo. Poco a poco se pasa de la palmadita en el hombro a un grito ¡Mauricio!, ¡Mauricio!, ¡Mauricio!, el estallido no para hasta convertirse en una consiga “el pueblo unido…”, exclamación que expresaba no solamente el deseo de cambio de todo un pueblo, sino el anuncio del nivel de compromiso y de responsabilidad de un hombre que representaba la vindicación de los anhelos acumulados durante casi un siglo.
Como comunicador Mauricio había logrado crear a lo largo de dos décadas un espacio único en la opinión pública salvadoreña y su lanzamiento como candidato significaba dejarla  atrás para emprender un nuevo camino.
Si Ockham y Farabundo se vieron obligados, en su proceso de cambio, a romper con su formación académica y con los valores que les habían inculcado, Mauricio Funes debió, en ese proceso, reafirmar los principios y valores con que se forjó como un hombre de cara  a la realidad histórica de su país.
En efecto, a principios de los años 70, el Colegio Externado San José, lugar donde estudió Mauricio, sufrió una profunda transformación. De ser una institución al servicio de un grupo de privilegiados pasó a convertirse en un colegio con una opción preferencial por los pobres, lo que, en ese contexto, significaba que el anuncio hecho por Cristo debía iluminar a los hombres y mujeres sobre su dignidad y con ello ayudarlos “en su liberación de toda carencia”, tal como lo establece el “Concilio Vaticano II” (1962 -1965)  y la “II Conferencia General del Episcopado Latinoamericano” del año 68 en Medellín.
Lo que buscaba la Iglesia Latinoamericana  era un nuevo encuentro ente “el Padre y los hermanos” a partir de la vivencia de la “pobreza evangélica” en una Iglesia que necesitaba romper con su pasado a partir de una visión integral del ser humano.
Ambos acontecimiento (Vaticano II y Medellín) ocurrieron en momentos en que América Latina vivía una situación de opresión, miseria e injusticia, de violencia institucionalizada, de conflictos y luchas sociales y revolucionarias. En este contexto, la Iglesia latinoamericana buscaba comprender desde Medellín, el momento histórico a la luz de la Palabra de Cristo, lo cual solamente sería posible si los cristianos se comprometían con la transformación de la sociedad, con la solidaridad con los oprimidos, con el anuncio del Reino y con la protesta contra el pecado estructural.
Consecuente con esta situación, la Compañía de Jesús en El Salvador, no solo abrió las aulas del colegio a jóvenes de escasos recursos económicos sino también transformó sus planes de estudio, modificó el enfoque de contenidos y participó activamente en el debate político nacional, es decir, impulsó una evangelización de cara a la realidad salvadoreña.
De organizar actividades extraescolares como carreras de carros deportivos y concursos para elegir a la reina del equipo de BKB, el Externado pasó a hacer presentaciones de obras de teatro con un fuerte contenido social (Antonio Fernández, El Prisionero) y  a la realización de festivales y conciertos. Por sus instalaciones pasaron artistas como los de los grupos Mahucutah, Sol del Río 32, El Sembrador y Nahuí; los cantautores Tamba Aragón (autor de “El planeta de los cerdos”) y Jorge Palencia; los argentinos 11 al Sur y el Quinteto Tiempo.
En el Externado surge el grupo Yolocamba I Ta, el cual recorrería más de treinta países en dos continentes en busca de solidaridad durante los años del conflicto armado.
Segundo Montes fundó la primera oficina de asistencia legal en el país: el Socorro Jurídico y “el colegio” prestaba su infraestructura como facilitador de encuentros comunitarios y políticos. De hecho, cuando en noviembre de 1980 militares secuestraron a los dirigentes del Frente Democrático Revolucionario, entre ellos Juan Chacón, Manuel Franco y Enrique Álvarez Córdoba, lo hicieron allanando el colegio.
En los años 70’s, Mauricio formó parte de un grupo de jóvenes –hombres y mujeres– del Externado y  de otros colegios católicos, que desarrollaron una pasión particular por conocer y entender la realidad; con una especial sensibilidad y amor por la historia y la justicia, en la tradición del padre Cabello –que organizaba a los pobladores de tugurios como la Tutunichapa– o del padre Grande, que evangelizaba en Aguilares y en El Paisnal.
En este ambiente no era raro encontrarse en un pasillo del colegio a personas de la talla de Rutilio, Teto Samour, Roberto Cuéllar, Hato Hasbún, el “Negro” Galván, Jon de Cortina o Francisco Andrés Escobar.
En 1973, el colegio vivió un conflicto que se sale de sus anchos y grises muros y que golpea la conciencia nacional cuando un grupo de poderosos e influyentes padres de familia acusaron a los sacerdotes jesuitas y a los maestros de “adoctrinamiento marxista”. El colegio se defendió publicando en la prensa nacional un manifiesto titulado “El Externado  piensa así” en el que se reafirmaba su compromiso con la excelencia educativa pero también con la lucha por la justicia y la doctrina social de la Iglesia.
En sus páginas se citó de manera contundente una frase del documento del “Vaticano II” la cual es a su vez una cita textual de una frase de Guillermo de Ockham escrita seis siglos atrás: en caso de necesidad, es lícito tomar de la riqueza ajena para garantizar la propia supervivencia. Esta frase impactó a muchos de los jóvenes externadistas de la época.
Mauricio, además de destacarse por su rendimiento académico, se distinguió participando y organizando los “cines forum”, un espacio para ver, analizar y comentar películas; haciendo análisis de coyuntura por medio de seguimiento periodístico en temas especializados como política, economía, realidad nacional y desarrollo del movimiento social.
De sus años de estudiante universitario se le recuerda reservado y pensativo, con sus camisas manga corta a cuadro, llevando consigo siempre algún libro y participando en reuniones con los gremios estudiantiles. Su sobriedad, que rayaba con la inexpresividad cuando se concentraba en sus lecturas, contrastaba con la pasión que desplegaba cuando participaba en los debates estudiantiles. Cuando él hablaba todos guardaban silencio; sus opiniones siempre tenían un sólido fundamento y sus exposiciones se desarrollaban con una estructura lógica irrefutable.
Su carrera como periodista estuvo marcada por los mismos elementos desarrollados en su juventud como estudiante: pasión por la verdad, rigor intelectual y sensibilidad social. Su carrera periodística creó un nuevo paradigma sobre el rol del comunicador en nuestro país y posibilitó una voz crítica y alternativa durante los años del conflicto. Indudablemente, su contribución a generar una opinión pública consciente y verdaderamente informada fue también un aporte al establecimiento de la paz en nuestro país en enero de 1992.
Es por esto que acciones del Presidente, en su calidad de Jefe de Estado, como el homenajear en noviembre de 2009 a los sacerdotes jesuitas asesinados en la UCA; pedir perdón a las víctimas del conflicto armado el 16 de enero; recordar el compromiso de tener a Monseñor Romero como guía espiritual de la nación y conmemorar su XXX Aniversario con diversos eventos y, más recientemente, el reconocimiento del papel del Estado en la negación sistemática de los derechos de los pueblos indígenas y el nombramiento de la Comisión Nacional de Pueblos Indígenas, no son sólo parte del cumplimiento a deudas históricas del Estado con la sociedad salvadoreña, sino que pueden entenderse como parte de una convicción y compromiso demostrado a lo largo de toda una vida.
Hoy nuestro país se enfrenta ante el reto de asumir el compromiso del cambio para construir una sociedad verdaderamente solidaria, participativa y democrática; de recomponer una institucionalidad acomodada por casi ocho décadas a los fines mezquinos de los gobiernos de derecha y ponerla al servicio de los fines del desarrollo de la persona humana, de las mujeres y hombres de carne y hueso que día a día se debaten entre la vida y la muerte y luchan por sobrevivir con dignidad.
Para ello todos y todas debemos “quemar nuestras naves”, lo que en este contexto significa poner por delante el fin superior de la colectividad, mirar al futuro con entusiasmo y cerrar las puertas al retorno a los esquemas de los gobiernos autoritarios y retrógrados.
Al fin y al cabo, el verdadero cambio revolucionario inicia con nosotros mismos, en nuestros propios corazones e inteligencias. El tiempo de “quemar las naves” y no dar marcha atrás es ahora.

Cordialmente,
Paulino

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